Los días pasados I.

Rose se había levantado triste esta mañana, cansada por la rutina constante a la que se tenía que enfrentar cada día. Llevaba cuatro años y siete meses viviendo en ese geriátrico y, había días en los que se arrepentía de haber tomado la decisión de irse a vivir, junto con su marido enfermo, a ese lugar. Hacía seis años que a su marido le detectaron un estado avanzado de Alzheimer. Al principio los síntomas no eran importantes; olvidarse de donde había dejado las llaves del coche, de cerrar la puerta de casa, o de dar de comer al gato, pero pronto las cosas empeoraron y Daniel comenzó a perderse dentro de su propia casa. Aun que sin duda, el hecho que hizo determinante la decisión de Rose de ingresar a su marido en el centro fue la mañana en la que no la reconoció. En ese momento supo que ya había perdido a su marido, al hombre con el que llevaba casada 65 años.
Estaba decidida a ir con él. Hacía muchos años los dos se habían hecho la promesa de no separarse nunca y estaba decidida a cumplirla. Sus hijos no la apoyaban, pero ellos no entendían que su vida estaba con él. Que solo juntos eran felices y que no lo abandonaría.
Todas las mañanas, cuando se levantaba se hacia la misma pregunta, ¿de que humor estará hoy? El estado de la enfermedad ya era muy avanzado y eran muy raras las ocasiones en las que la reconocía. La mayoría de las veces la echaba de su habitación a gritos y con insultos. Iba con miedo a ver al hombre que durante tanto tiempo la había hecho feliz. Se sentía cada vez mas sola y alejada del mundo real. Toda su vida se había reducido a ese lugar, lleno de ancianos enfermos y seniles. Sus hijos le insistían constantemente para que abandonara la residencia, aludiendo que la echaban de menos y que tenía que disfrutar mas de sus nietos.
Se vistió, se refrescó un poco en el baño y salió de la habitación. Con pasos ligeros subió las escaleras que llevaban al piso superior donde estaba la habitación de su marido. A pesar de llevar mas de dos años allí, se le seguía haciendo raro no compartir la misma habitación con él. Cuando hubo llegado al piso de arriba buscó a la enfermera que se ocupaba de él para poder preguntarle como estaba hoy, pero no la encontró. En su lugar, se fijó en que había una chica nueva. Se dirigió a ella con paso decidido para pedir explicaciones de por que su marido estaba solo y sin atención.
¡Jovencita!, ¿dónde esta la enfermera Rivas?-inquirió Rose con tono de enfado.
¡Buenos días!– respondió muy jovial la muchacha-. Usted debe de ser la mujer del señor Duro. Yo soy Claudia, la nueva enfermera de su marido. ¡Encantada!
¿Se ha levantado ya mi marido?¿Le ha dado ya el desayuno?¿Que le ha pasado a Manuela?-contestó Rose preocupada- No le gustaban esos aires que desprendía esa joven.
Si, se ha levantado y ha desayunado. Ahora mismo esta con su fisioterapeuta haciendo sus ejercicios matinales. No se preocupe, está en buenas manos. La señora Rivas ha sido trasladada y ahora yo ocupo su lugar. Si me disculpa debo atender a los demás pacientes. Que tenga un buen día.- Respondió algo irritada-. No le había gustado el tono con el que le había hablado la señora y se marchó bastante cabreada.
Flora se dirigió al comedor donde el resto de internos ya estaban desayunando a tomarse una taza de café bien cargado. Esa nueva enfermera la había alterado.¿Porque habían trasladado a Manuela? Y lo que es peor, ¿porque no la habían avisado del cambio? Esto suponía un rostro nuevo para su marido, lo que conllevaría importantes problemas día a día.
Cuando se sentó en una mesa al fondo del comedor volvió a ver esa enfermera. Esta vez dándole el desayuno a un anciano. Había algo en ella que despertaba su curiosidad. Estaba decidida a conocerla más. Al fin y al cabo, esa joven se iba a encargar, entre muchas cosas, de duchar a su marido, y tenía todo el derecho del mundo a querer saber de ella.
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