Somos. Fuimos. ¿Seremos? 

Jugamos a ser desconocidos entre miradas que hablan por nuestras bocas cobardes. Nos encontramos y nos damos la espalda como enemigos,  buscando la salida por la puerta trasera de nuestros corazones rotos.
Somos lo que un día fuimos y lo que ya no seremos. El tiempo cambia a las personas pero, ¿cambia también al amor?. Preguntas que buscan respuesta en el fondo de un océano perdido en su propio oleaje. Preguntas que nunca encuentran una respuesta acertada.
Cuantas miradas llenas de un pasado inolvidable y un futuro que tan sólo vive en la imaginación de un pobre enamorado; encuentros y sonrisas en la entrada de un café en una tarde de brumosa lluvia de verano; besos con sabor a melancolía y felicidad renovada.
A veces una mirada dice más que mil palabras nerviosas. Una mirada, a veces, mata. Otras en cambio, puede cambiar el rumbo de una noche de agosto.

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¿A dónde va un corazón roto? 

​Cuando entregas tu corazón a alguien, le entregas a esa persona la voluntad sobre él.  Desde ese mismo día te conviertes en un muñeco roto, un juguete sin alma, una pieza que no encaja en el complejo puzzle del amor fracasado. 

Y lo más difícil de todo es volver a recuperar tu corazón. ¿Cómo recuperar algo que has entregado tan profundamente, algo que has dado con tanta fuerza y tanto amor? 

Cuantos corazones se han quedado rotos, a medio camino entre el amor y la desesperación. ¿A donde va un corazón roto?¿Qué lugar les espera a los amores no correspondidos? Somos los desamparados, los apartados, los marginados sin plaza de aparcamiento. Vagamos errantes en busca de un lugar donde reposar nuestra tristeza desconsolada. Un banco a orillas del río de la soledad donde posar los trozos rotos y pisoteados de lo que un día fue nuestro corazón. Ese corazón que entregamos lleno de amor y bondad, de felicidad y buena esperanza.

Una esperanza que vuelve a nosotros rota y desamparada, junto con una felicidad marchita y cabizbaja, triste y encojida. Trozos de un corazón que sólo desea amar y ser amado. Un corazón hecho añicos que sólo desea volver a ese amor al que un día fue entregado. Ese amor que un día lo quiso, y que hoy aplasta con su indiferencia y  rompe con su frialdad. 

Ese amor…

Un café…

Un café a media mañana.

Un te quiero entre las sábanas gastadas.

Aquel beso en un semáforo en rojo.

Una mirada entre la gente.

Una caricia a escondidas.

Una sonrisa.

Una cena para dos en la cocina. 

Un abrazo eterno. 

Un regalo inesperado.

Un paseo cumpliendo sueños sin cumplir. 

Un viaje a las estrellas. 

Conversaciones hasta las tres a la madrugada.

Un buenos días. Un buenas noches. 

Una espera que no termina. Un amor que no se olvida. Un te quiero nunca dicho. Un adiós eterno.

Un….

Alexander.

-El despertador sonó, como cada mañana, a primera hora. Alexander se levantó de la cama y se dirigió directamente al lavabo, donde se refrescó la cara y las manos con agua fría, a pesar de estar en diciembre. Acto seguido se cepilló los dientes con especial ahínco, acción que le llevó al rededor de cinco minutos. A continuación entró en el vestidor, donde se puso sus pantalones raídos de color caqui, una camisa color beis, una corbata amarillenta y una americana con los bolsillos rotos. Entró en el salón y abrió las cortinas del gran ventanal con vistas a las Ramblas de Barcelona. A pesar de lo temprano de la mañana pudo comprobar, con gran resignación, que ya estaban repletas de muchedumbre. Cogió su sombrero y salió del apartamento en el que vivía solo. Como siempre, bajó los ocho pisos por las escaleras. No le gustaban los ascensores. Eran máquinas demasiado modernas que le obligaban a intercambiar cualquier trivialidad absurda con alguno de sus patéticos e inertes vecinos.

 

Ya en el portal del inmueble, con un fuerte suspiro, salió a la calle. El día era soleado pero fresco. Se echó calle a bajo en dirección al Mercado de la Boquería. Le costaba andar entre tantas personas. No le gustaba. Le molestaba ese ir y venir de seres sin rostro, de personajes insulsos, autómatas de una vida aburrida y monótona. Los miraba por encima del hombro, pensando para sí en lo patéticos que eran. A sus 77 años se había convertido en un viejo amargado. Nunca se había casado y tampoco tenía hijos. Toda su vida la había consagrado a la literatura y la escritura de sus novelas. Escribió veintisiete, y todas de gran éxito. La última hacía casi 20 años.

 

Torció la esquina y entró en La Boquería. Lo que hace muchos años era uno de sus sitios predilectos de la ciudad, con sus cientos de tiendas de fruta colorida y bien ordenada, de pescado fresco, de carnes suculentas, ahora se había convertido en un sin fin de puestos de comida basura, detestable para su paladar viejo y refinado. Después de atravesar casi todo el mercado, llegó al puesto de frutas de Don Pep. Un señor con cara de bonachón, de unos 60 años. Era bajito, gordito, bigotudo, de mejillas sonrosadas y pelo totalmente blanco. Le dirigió un ‘buenos días’ a lo que Alexander contestó con un leve movimiento de cabeza. Se puso a manosear los melocotones y se decantó por cuatro, bien grandes y maduros. Don Pep lo observaba con desdén. No le gustaba ese señor. Tan apagado y vacío de vida. Un infeliz. Un pobre viejo solo y aburrido. Nunca compraba otra fruta que no fueran melocotones, excepto esa mañana, en la que pudo observar con gran sorpresa que se disponía a guardar dos peras en la bolsa de plástico.

 

Pagó su compra y salió apresuradamente de ese lugar que se le presentaba hostil y peligroso. Deshizo sus pasos de vuelta al apartamento pensando en que pronto dejaría la ciudad para irse a vivir a las afueras. A veces le venía a la cabeza la idea de volver a escribir, pero pronto la desechaba. No entendía el funcionamiento de los nuevos ordenadores, que no tenían teclado y todo se hacía a través de la pantalla. Echaba de menos su vieja máquina de escribir, pero ya era demasiado mayor para usarla, se cansaba en seguida.

Entró en el portal, donde se encontró con una vecina y su hijo. No le gustaba esa vecina, era cotilla y cotorra. Siempre lo paraba en mitad de la escalera y le hacía cualquier pregunta a la que el siempre contestaba con monosílabos. No quería cruzarse con ellos por lo que decidió, muy a su pesar, subir en el ascensor.

 

Ya en el apartamento, dejó las bolsas de la fruta en cima de la mesa de la cocina y se volvió hacia el gran salón, donde tenía varias librerías con decenas de libros. En uno de los estantes estaban sus novelas. Cogió la última que había publicado y la abrió por la primera página, en la que pudo leer: “Primera edición, Julio de 1998”. La cerró con fuerte estruendo y la volvió a dejar en su estante. Fue a la cocina, colocó los cuatro melocotones en el frutero y tiró las dos peras a la basura. Apagó la luz y caminó hacia el ventanal del salón. Lo abrió de par en par. La mañana dejaba paso a un bonito día de invierno. Respiró hondo y se precipitó al vacío.

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